Hacen arte en la calle y se llaman a sí mismos “artistas
de lo que queda”. Famoso por sus murales y convocatorias
impactantes, el Grupo Escombros moviliza a la ciudad
cada vez que expone obras en contra de la corrupción y la
injusticia social y a favor de la solidaridad y la ecología.
A quince años de su formación, un repaso sobre la
historia de estos platenses que creen que el mundo debe cambiar
para no ser inhumano.
Había una cantera abandonada y una consigna: fundar La
ciudad del arte. Desde temprano, unas diez mil personas
llegaron en los medios de transporte más diversos y más
de mil artistas de todas las disciplinas se dieron cita en Hernández,
cerca de La Plata. Se trazó una cuadrícula, las calles
tomaron nombres de artistas y el terreno desbordó de obras.
Pero como en toda ciudad, pasó de todo: algunos grupos atacaron
las obras, otros llevaron una bandera nazi gigantesca que los judíos
pidieron que se sacara, un hombre se desnudó y una pareja
no dudó en amarse debajo de unos arbustos. A la hora del
ocaso, decenas de personas aparecieron de la nada, comenzaron a
descender por las laderas de la cantera y arrasaron con todo. Se
llevaron el cartón, los alambres, la madera. Al ver la ciudad
saqueada, los artistas decidieron quemar sus obras. Las llamas se
recortaron entonces en el cielo estrellado, dando vuelta a la página
de la ciudad que duró un solo día: el 9 de diciembre
de 1989.
Sin embargo, durante aquella curiosa convocatoria del Grupo
Escombros, los integrantes distribuyeron dos mil bolsitas
de semillas con la inscripción “Para sembrar
la nada y dar muerte a la muerte” y la gente las
tiró en la tierra. A los dos meses, esos objetos de conciencia
a los que llamaron Siembra transformaron el paisaje en un matorral
y ahora, en ese lugar, hay una laguna. Es que, a diferencia del
museo, el espacio donde tiene lugar el arte en la calle, cambia.
Eran tiempos duros, años de hiperinflación donde todo
parecía derrumbarse. Una decena de artistas se preguntó
entonces qué iba a quedar de nuestro país y la respuesta
fue inmediata: “Escombros”. Con ese
nombre, nació en 1988 este grupo de arte en la calle, que
hoy conforman el ingeniero David Edward, el periodista Luis Pazos,
los diseñadores gráficos Héctor Puppo y Horacio
D’Alessandro y el profesor en Bellas Artes Juan Carlos Romero.
El arquitecto Héctor Ochoa dejó de participar recientemente.
A quince años de su incursión en un terreno con impacto,
espontaneidad, imaginación y coherencia, el grupo platense
realizó desde convocatorias, afiches y murales, hasta acciones
solidarias y poesía visual. Respetados por el público,
premiados por la crítica e invitados a bienales de arte en
todo el mundo, ellos dieron y seguirán dando que hablar.
Precisamente, el día en que fundaron La ciudad del arte participaron
con su obra Sutura: una cicatriz en la tierra de
30 metros de largo, cosida con soga de barco. “Intentamos
simbolizar la posibilidad de curar todas las heridas, de reparar
lo roto, de sanar”, dijo el Grupo. Sin embargo, la obra fue
interpretada de muchas maneras. Por ejemplo, cuando vieron una foto
de Sutura en Porto Alegre, en Brasil, los críticos sentenciaron:
“Es la cicatriz cultural de América Latina”.
“Somos artistas de lo que queda. Nos sorprende seguir
vivos cada mañana, sentir sed, e imaginar el agua”,
decía el graffiti que escribieron en un baldío del
barrio porteño de San Telmo. Como postal, constituye el primer
envío del Grupo, al que le siguió Pancartas
I, una galería de arte montada en medio de la mugre
acumulada debajo de la autopista Buenos Aires-La Plata. Tendieron
un fino mantel sobre la mesa, sirvieron vino blanco, y los taxistas
paraban para preguntar: “¿Hay fiesta?”. Todos
los concurrentes opinaron sobre lo que estaba pasando, sin quedarles
en claro que se trataba de una muestra de arte. Una de esas pancartas
era una foto que terminó convertida en el recordado mural
de 7 ente 41 y 42. Como en toda obra, las interpretaciones de Teoría
del arte se multiplicaron y nunca se supo si los cuatro
hombres con sus cabezas incrustadas en la pared estaban sosteniéndola
o derrumbándola. “En realidad, nosotros estábamos
sosteniendo la pared porque todo se derrumbaba. Pero el arte tiene
esas cosas... Cada persona lo interpreta como quiere; lo importante
es que se lleve algo”, dice Luis Pazos, quien destaca que
“mientras la vida útil de un mural es de dos años,
ese duró diez y se convirtió en una especie de patrimonio
cultural de la ciudad porque nadie lo atacó. Al contrario,
lo cuidaron”.
Finalmente, el Banco Río construyó una playa de estacionamiento
y tiró abajo la pared que correspondía al primer
manifiesto de Escombros, La estética de
lo roto: “La tortura rompe el cuerpo; la explotación
irracional de la naturaleza rompe el equilibrio ecológico;
la desocupación, el hambre y la imposibilidad de progresar,
rompen la voluntad de vivir; el miedo a la libertad rompe la posibilidad
de cambio; el escepticismo rompe la fe en el futuro; la indiferencia
de los poderosos rompe la dignidad de los que no lo son; el individualismo
salvaje rompe todo proyecto de unidad. En esta sociedad despedazada
nace la estética de lo roto: Escombros”.
El público como coautor
Más allá de algunos cambios
inevitables, algunas características se mantuvieron intactas
en el Grupo. En principio, la mayoría de las obras se realiza
al aire libre, en lugares no destinados a exposiciones de arte,
como una plaza, una fábrica abandonada, una cava o un arroyo.
A su vez, siempre se expresa la realidad sociopolítica del
país y se utilizan materiales de desecho. Si bien ha participado
de muchos eventos en distintas ciudades del país y del mundo,
Escombros es “ voluntariamente local”, es decir, trabaja
con y para la gente de La Plata. Y mientras actúa al margen
del circuito comercial, sus obras están dirigidas a todo
tipo de público. De esa forma, los artistas y/o espectadores
se convierten en coautores de las propuestas.
Realizada en Plaza Francia, en Buenos Aires, la muestra Mar
de banderas es recordada por artistas como “la obra
más efímera de nuestras vidas”. Habían
clavado en el césped cientos de banderas argentinas con la
inscripción Ay, patria mía, y si bien el arte en la
calle dura sólo un día, en esa ocasión duró
diez minutos, el tiempo que tardó la gente en llevarse las
banderas. “El coautor se llevó, la obra a su casa”,
explican.
A principios de los 90 y junto a Greenpeace América Latina,
Escombros organizó la convocatoria Recuperar en una fábrica
abandonada de Avellaneda. “De la cultura del abandono
a la cultura de la recuperación” era propuesta.
Fueron seiscientos artistas argentinos y uruguayos y cinco mil personas.
Los platenses presentaron la obra Pirámide, de 4 metros de
alto por 3 de ancho, construida con envases de plástico recuperados
de los basurales. También extrajeron agua del Riachuelo y
la envasaron en botellas, haciendo nuevos “objetos
de conciencia”. Se los llamó Agua
S.O.S. y se donó lo recaudado a un hogar para chicos
de la calle.
“El ciclo artístico es muy positivo: alguien dona el
material, hacemos la obra y la donamos. El que la recibe la vende
como papel o cartón y luego lo utiliza para algo”,
cuenta Luis Pazos. Cuando el Grupo Escombros participó con
la obra Mar en la muestra Arte en la Calle en el Museo, en el Museo
de Arte Moderno de Buenos Aires, al final de la jornada donó
los materiales a una escuela que compró vidrios para sus
aulas.
Luego de apilar quinientas bolsas de residuos de color negro impresas
con la definición de “corrupción” y de
arrojar en el suelo del primer piso otras quinientas, se distribuyeron
nuevos “objetos de conciencia”, que eran cajas con una
bolsa de las expuestas. Las acompañaba este texto: ”La
corrupción, como la basura, contamina. Debilita a las sociedades,
haciéndolas vulnerables a la enfermedad. La corrupción
es ocultamiento. El corrupto, como las bolsas de residuos, lleva
la descomposición en su interior es su conciencia muerta”.
A
la deriva
Escombros organizó la convocatoria Arte a la deriva, botando al Río de la Plata
una balsa construida con cañas y con 260 botellas que tenían
obras de arte. El Grupo dejó su mensaje a quienes tienen
como horizonte el desamparo y la incertidumbre. “El Poder
decidió que el azar sea nuestra forma de vida. El nuevo orden
del que supuestamente somos parte, deja librado al individuo a sus
propias fuerzas. El obrero, el jubilado, el maestro, el investigador
científico, el chico de la calle, el aborigen con cólera,
el enfermo mental, el desocupado por el ajuste, están a la
deriva. (...) Son náufragos porque no van adonde quieren
sino hacia donde los arrastra la corriente”.
Luego de realizar afiches a los 20 años del último
golpe militar, Escombros dio a conocer su Segundo Manifiesto:
La estética de la solidaridad. A su vez, llevaron
a cabo acciones solidarias, como limpiar un basural,
entregar ropa o pintar una escuela. Sin embargo, advierten que “eso
sirve a corto plazo; hay un trabajo a largo plazo que es la educación.
Cuando el Estado no cumple con sus deberes, alguien tiene que hacer
lo que puede. Siempre es una gota de agua en la inmensidad del océano,
pero preferimos morir diciendo ‘pusimos diez gotas de agua’.
Igual, somos conscientes de que son solo diez gotas”. Precisamente,
uno de los postulados del Segundo Manifiesto afirma que “la
estética de la solidaridad expresa la ética de la
solidaridad: el artista crea para el débil, para el indefenso,
para el no respetado; para el que camina descalzo, tirita de frío
y come basura; para el que viste harapos, vive en la calle y muere
en un baldío. La estética de la solidaridad es el
espejo donde el Poder contempla su propia descomposición”.
Algunos años atrás, Escombros ya había sorprendido
con la instalación de una jaula de cuatro metros de alto
con un cartel que describía las características del
artista latinoamericano. Lo llamaron Animal peligroso porque “al crear conciencia, el artista es peligroso para
el Poder”.
Resistir
y ser humanos
“Todo se hace por consenso. Si
uno solo no está de acuerdo con algo, no se hace”.
Con esta máxima del Grupo y aprovechando como en todas sus
obras, la multiplicidad de las profesiones de sus integrantes, no
dudaron en colocar en 7 y 48, en una de las paredes de la Universidad
Nacional de La Plata, El hombre roto. Se trata
de una figura humana en actitud de agobio, de 6,40 por 1,90 pintada
de negro con un texto en el pecho, y todavía subsiste a las
pegatinas de afiches que a menudo exhiben sus largas piernas.
Después del recordado Crimen seriado, cuando
se convocó a realizar un “acto de conciencia”
colocando vendas a más de setecientos árboles, el
Bosque volvió a ser el escenario de una obra de Escombros.
En agosto de 2002, los asistentes resistieron a la lluvia y cambiaron
la consigna. Convocada para participar en El bosque de los
sueños perdidos, la mayoría de la gente no
quiso escribir en los cartones que colgaban de los árboles
sobre las cosas que habían perdido. Por el contrario, los
coautores optaron por apostar a los sueños que tenían.
Se negaron a dejar de soñar.
“En la calle pasan cosas. La gente se mira, habla y cambia.
Nosotros le damos un espacio para que se expresen y después
hacen con eso lo que quieren. Pero se acercan con mucho temor a
la expresión porque es un acto de libertad”, dicen
los artistas. Y mientras que el hombre de clase media –mayoría
en su público– encuentra alivio al comunicarse con
otras personas, la ayuda es más directa para las clases más
necesitadas: “Se llevan todo, y lo transforman en otra cosa.
En el Bosque se llevaron hasta las mesas y sillas” .
El Tercer Manifiesto es La estética de lo humano.
Uno de los postulados sostiene que “globalización,
neoli-beralismo, economía de mercado, guerra humanitaria,
pensamiento único, fin de las ideologías, nuevo orden
mundial, revolución conservadora, son trampas semánticas.
Disfraces del lenguaje que ocultan lo inhumano”. A los que
le siguen: “Toda concentración de poder económico,
político-religioso, es un acto de impunidad”; “Un
pueblo resignado es una especie en vías de extinción”;
y “Todo acto solidario es una batalla ganada a lo inhumano”.
Sembrando
soles
A fines del año pasado, se convocó
en la Plaza Islas Malvinas a escribir un poema dentro de un círculo
de cartón amarillo de un metro de diámetro. Se llamó El sembrador de soles porque luego eran colocados
sobre el césped, “sembrando”. Tal vez porque
su consigna lo pedía a gritos, pero lo cierto es que ese
día el sol brilló a pleno sobre las caras de cientos
de personas más que heterogéneas.
Escribieron en los soles los internos con problemas neuropsiquiátricos
de la Colonia Montes de Oca, los poetas consagrados y las amas de
casa que reconocieron que hacen poemas en secreto. A las dos de
la tarde llegaron los chicos del Hogar Pantalón Cortito para
esperar que terminara la exposición y llevarse los cartones.
A las siete de la tarde preguntaron: “¿Nosotros podemos
escribir?”. Tardaron cinco horas en caminar dos metros, y
según Escombros, “culturalmente, fueron como 200 kilómetros.
Les pasó algo y aunque tardaron mucho en acercarse, lo hicieron”.
El Grupo aclara que nunca censura lo que escribe la gente. Por ejemplo,
esa tarde de noviembre llegó un hombre con una cinta negra
enorme para cuestionar la obra y negarse a escribir: “En la
Argentina de hoy no puede haber sol porque la Patria esta de luto”.
Puso la cinta sobre el sol y se fue. Al rato, se acercó otro
hombre para contar que “acá estaba el Regimiento, acá
fui soldado y acá me maltrataron”. En tanto,un grupo
de chicos jugaron toda la tarde a saltar esquivando los soles, sin
enterarse jamás que estaban sobre una muestra de poesía.
Ese día se mezclaron todos: los que necesitaban el cartón
con los poetas. “Eso tiene el arte en la calle, de pronto
se convierte en algo profundamente democrático. Los acercamientos
son diferentes, pero cuando las personas se miran y comienzan a
hablar, se dan cuenta de que el otro no es tan horrible como creían”,
explican los artistas. Y ahora están explorando nuevas formas
de expresión, como la poesía visual (hicieron una caja de pizza con poemas divididos en “porciones”)
e Internet.
En la red expusieron País de lágrimas,
que es una sucesión de imágenes con bolsitas llenas
de lágrimas que portan distintas inscripciones: “Lágrimas
de los chicos que mueren de hambre” o “Lágrimas
de aquellos a los que les robaron el futuro”, entre otras.
La última obra en su sitio de Internet es Objeto
inaccesible, donde se muestran panes a los que nadie puede
llegar porque tienen alambres de púas, vendas o un puñal
que los hace sangrar. También se exhibe un pan de oro y otro
detrás de un vidrio que dice: “En Argentina, 40 chicos
mueren de hambre cada día”.
Más allá de los proyectos que los unen –como
pintar murales en escuelas carenciadas– y de sus coincidencias
estéticas y filosóficas, los “artistas de lo
que queda” sostienen que los une una amistad de treinta años.
Y cuentan que en sus inicios esperaban poder cambiar de nombre,
pero cada vez encontraron más escombros. Por eso sentencian:
“En el mundo de hoy lo humano es la excepción y lo
inhumano la normalidad. Ese mundo debe ser cambiado sin que importe
el precio a pagar. Ningún costo puede ser más alto
que perder la condición humana”.

Indice |

Documentos I |
 |
El
Bosque de los Sueños Perdidos |
 |
Pizza
de Poesía Concreta |
 |
El
Sembrador de Soles |
 |
El
Gran Sueño Argentino |
 |
Grupo
Escombros: Creador de conciencia |
 |
Objeto
Inaccesible |
 |
Guiso
Argentino |
 |
Entre
lo parainstitucional y la reactivación de la esfera pública |
 |
Juguetes
Solidarios |
 |
Escombros
en ISalud |
 |
La
silla del poeta |
 |
Grupo
Escombros: Intervenciones en el espacio público |
 |
Escombros
en Arcimboldo |
 |
El
colectivo de arte Escombros y sus intervenciones públicas |
 |
Proyecciones
hacia los '90 |
 |
La
ciudad desde las artes visuales |
 |
|